Si Cascadia te parece un juego tranquilo, Harmonies va a empezar igual y a terminar de forma muy distinta. No porque sea difícil de aprender, que no lo es, sino porque el tablero se llena antes de lo que calculas y cada ficha mal colocada ocupa un espacio que no vuelve. La estética de colores pastel y animales ilustrados con ternura oculta un puzle de espacio finito donde los errores de planificación son permanentes.

Lo que parece al desplegarlo

La presentación de Harmonies invita al error de categoría. Las fichas de terreno son pequeñas piezas de madera pintadas de colores, los tableros personales tienen un hexágono central con anillos concéntricos, y las cartas de animal muestran criaturas dibujadas con el mismo lenguaje visual de un juego familiar de domingo. Junto a Cascadia en una misma estantería, los dos comunican prácticamente lo mismo: naturaleza, colocación, puntos al final, poca confrontación.

La mecánica de partida es sencilla: en tu turno coges un grupo de tres fichas del mercado central y las colocas en tu tablero. Opcional: coges una carta de animal de las cinco disponibles. Si tu tablero cumple ya el patrón que pide esa carta, colocas un cubo del animal encima del hábitat y puntúas. El límite es cuatro cartas de animal activas al mismo tiempo. La partida termina cuando se acaban las fichas del saco o alguien tiene dos o menos casillas vacías.

Explicado así, suena fluido. Y durante las dos primeras partidas lo es.

Lo que se descubre en las primeras sesiones

El sistema de puntuación empieza a mostrar su estructura real cuando entiendes que cada tipo de terreno tiene sus propias reglas de puntuación y que esas reglas compiten por el mismo espacio. Las montañas puntúan por altura: una sola ficha vale uno, dos apiladas valen tres, tres apiladas valen siete. Pero no puntúa nada si no hay otra montaña adyacente. Los ríos puntúan por longitud, necesitan continuidad. Los árboles puntúan por adyacencia con otros colores concretos. Cada terreno tiene su propia lógica, y la clave es que todos compiten por las mismas casillas del mismo tablero hexagonal.

Esa superposición de condiciones es donde Harmonies deja de parecerse a Cascadia. Allí el tablero crece hacia afuera, más o menos en la dirección que eliges. Aquí tienes un espacio predefinido y cerrado. Cada ficha que colocas no solo construye algo, también elimina para siempre la posibilidad de construir otra cosa en ese sitio. En mi quinta partida, a tres jugadores, intenté combinar una cadena de río larga con una montaña alta en el sector noreste del tablero. La montaña llegó a dos fichas de altura y se quedó rodeada de agua. No puntuó nada. El río sí puntuó, pero menos de lo que habría puntado sin el obstáculo de las fichas de montaña atrapadas en el recorrido.

Esa clase de error es irreparable. Y el juego tiene la elegancia de no decírtelo con ninguna señal de alarma: simplemente pasa, y en el recuento final ves el agujero.

Lo que solo se ve con el tiempo, para bien y para mal

Con rodaje, la tensión real del juego aparece en el draft. El mercado central tiene cinco grupos de tres fichas cada turno. Cuando alguien coge el grupo que necesitabas para completar el patrón de tu carta de ciervo, puedes intentar buscar alternativas o esperar a que el mercado se renueve. Pero el tablero sigue llenándose, y la ventana para construir ciertos patrones se cierra más rápido de lo que parece al inicio. Esa presión de tiempo indirecta es lo que más reseñas señalan como la principal fuente de tensión competitiva, y tienen razón: en Harmonies no bloqueas a nadie físicamente, pero sí puedes quitarle el grupo de fichas que necesita en el momento crítico.

La interacción, con todo, sigue siendo baja. Si tu grupo juega Harmonies esperando momentos de confrontación o lectura del rival, va a decepcionar. Cada jugador está concentrado en su propio puzle la mayor parte de la partida. Hay cierta observación del mercado y de qué cartas de animal va acumulando el compañero, pero nada que se acerque a la tensión de un juego competitivo real.

Las cartas de Espíritu de la Naturaleza, la variante opcional incluida en la caja, añaden efectos continuos que se activan al completar ciertos patrones. Son la capa más interesante del diseño para partidas con rodaje, porque obligan a priorizar un tipo de construcción desde el principio de la partida y condicionan más directamente la gestión del límite de cuatro cartas. Sin ellas, el juego funciona. Con ellas, hay una decisión estratégica más definida desde el turno uno.

Hay un punto que no tengo claro si es un defecto de diseño o simplemente el perfil del juego: la variabilidad entre partidas es alta en las cartas de animal disponibles, pero el tablero personal siempre es el mismo hexágono. El puzle de espacio se juega sobre las mismas casillas en todas las partidas. Con suficiente rodaje, los patrones óptimos se vuelven recognoscibles, y el reto pasa de ser de planificación espacial a ser de adaptación al draft. No sé si eso es un problema o simplemente la naturaleza de un juego de este peso.

La producción es uno de los puntos más sólidos. Las fichas de madera tienen un tacto y un peso que el tipo de materiales plásticos habitual en juegos familiares no da. El arte de Maëva da Silva en las cartas de animal tiene personalidad suficiente para sostenerse en el nivel de las mejores producciones de Libellud. Y el tablero, físicamente, comunica bien qué tipo de experiencia ofrece: ordenada, colorida, con una lógica espacial que se va revelando gradualmente.

Para quien ya tenga Wingspan en la estantería y busque algo en la misma familia temática pero con mecánica más directamente puzlera, Harmonies es una opción clara. La estructura es más cerrada y la gratificación más inmediata que la del motor de cartas de Wingspan, lo que lo hace más accesible como puerta de entrada pero también algo menos sostenible como reto a largo plazo. La comparativa más directa no es con Wingspan sino con Cascadia, que comparte ambientación, mecánica de draft y peso de juego, pero resuelve el puzle de espacio de una forma mucho más permisiva. Si la duda es cuál de los dos comprar primero, o si tiene sentido tener los dos, la comparativa punto a punto entre Harmonies y Cascadia entra en detalle en lo que cada uno ofrece y a quién le va mejor cada propuesta.

Lleva un 7,9 que refleja un diseño sólido dentro de sus intenciones, con dos límites claros: la interacción es casi testimonial para quien busque algo más que un puzle personal compartido, y el tablero cerrado empieza a mostrar sus costuras para grupos con muchas partidas encima. Para lo que propone, y con el grupo adecuado, Harmonies es de las cosas más satisfactorias que ha dado el género familiar en 2024.